A veces pasa en la vida en que de repente todo se para y uno es capaz de ver todo desde una perspectiva diferente a la habitual. Esos momentos personalmente más que para conocer más a otros me sirven para conocerme más a mí mismo.

Tengo 32 años y probablemente voy a cambiar poco mi forma de ser ya a estas alturas de juego. Me doy cuenta de lo permisivo que soy en muchas cosas y lo extremadamente intransigente que soy en otras. De mi propio egoísmo, que en mayor o en menor medida siempre esta presente.

Amo la libertad de poder decir lo que pienso sin preocuparme sobre qué hablo ni a quién se lo estoy diciendo. Porque sí, puede que seamos amigos, pero eso no implica que este siempre de acuerdo con esa persona. De hecho, aprecio la variedad y los puntos de vista novedosos cuando se trata de decidir sobre algunas cosas.

Esto tiene sus implicaciones negativas, y es que decir lo que uno piensa a sabiendas de que vas a hacer daño a alguien a quien aprecias es duro. Soy de los que pienso que “es un trabajo sucio pero alguien toene que hacerlo”. Porque sinceramnte, los ‘amigos’ que se limitan a dar palmaditas en la espalda y a reírte las gracias, sobran.

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